
Nuestros cuerpos ya no son dos imánes rígidos fundidos en el el bravío remolino del temporal. Su cuerpo transita por el mío. El mío deambula por el de él. Somos dos que en semivigilia sentimos ser uno. Sentimos nuestro viejo sudor, y reconocemos nuestros antiguos olores, los perfumes naturales de la piel, sus accidentes. Separados ahora, nos analizamos con detenimiento, estudiamos con desenvoltura los estragos que ha ido tatuando el tiempo, dejando hondas cicatrices. La melancolía nos invade, porque sabemos que ambos hemos mentido sin compasión, calamitosamente, para poder seguir sobreviviendo en nuestros respectivos mundos, plenos, ellos también, de absurdas, descomunales, desgarradoras mentiras.


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